WSP

+34661385460

Correo electrónico

info@educandodeformasimple.com

Horario

Lun - Vie: 9AM - 19PM

Ven.
De verdad.
Siéntate un momento conmigo.

Imagina que estamos tranquilos. Sin prisas.
Con una taza de té caliente entre las manos.

Quiero hablarte de algo que pasa en casa más de lo que se cuenta.

Hay días en los que tu hijo grita, llora, se enfada… y todo se va un poco de las manos.
Y en ese instante, casi sin darte cuenta, aparece una urgencia dentro:
“Esto tiene que parar”.

A veces se mezcla con otra cosa:
“No debería estar pasando”
“No lo estoy haciendo bien”.

Si esto te suena, quédate aquí un momento más. No estás solo en esto.

De verdad.
Cuando tu hijo se desborda, no lo hace para provocarte.

Lo hace porque algo dentro es demasiado grande para su edad.

Puede ser cansancio.
Puede ser frustración.
Puede ser simplemente un día que pesa más de lo normal.

Y cuando eso ocurre, pedirle que se controle… es como pedirle calma a un cuerpo que está en alarma.

Claro que sí.
Hay ruido. Hay tensión. Hay miradas. Hay prisa.

Y entonces salen frases que no siempre reflejan lo que sientes:
“Cálmate”
“Para ya”
“No es para tanto”

Después, cuando todo se apaga, aparece algo muy conocido: la culpa.

Esa que llega bajito y dice:
“No era así como quería hacerlo”.

Aquí quiero decirte algo importante: esa culpa habla de tu compromiso, no de tu incapacidad.

Cuando tu hijo está así, no puede escucharte de verdad.
No porque no quiera.
Porque no puede.

Por dentro todo está revuelto.

Y cuando intentas corregir ahí, lo que llega no es ayuda.
Llega distancia.

Tu hijo no escucha “te acompaño”.
Siente “no me entiendes”.

Acompañar no es decir la frase exacta.
No es mantener la calma siempre.
No es hacerlo como en los libros.

Acompañar es quedarte.

Quedarte cerca.
Quedarte presente.
Quedarte sin pedirle a tu hijo que sea distinto a lo que ahora puede ser.

A veces no hay nada más que hacer.
Y eso… ya es mucho.

Esto casi nadie lo explica, y cambia muchas cosas.

Los límites que cuidan no se colocan en mitad del desbordamiento.

Primero se sostiene.
Luego se ordena.

No estás educando sin límites por no corregir en caliente.
Estás cuidando el vínculo para que el límite no haga daño.

No se trata de hacerlo perfecto.
Se trata de estar aprendiendo.

Habrá días en los que puedas acompañar con más presencia.
Y otros en los que no.

Eso no te define.
Define que estás en el camino.

Y cuando tu hijo se siente sostenido incluso en su desborde, aprende algo muy profundo:
que no tiene que dejar de sentir para ser querido.

Y desde ahí, poco a poco, todo empieza a ordenarse.

No por miedo.
No por obediencia.
Sino por seguridad.

Artículos recomendados

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *