Siéntate otra vez conmigo.
No para aprender nada nuevo.
Solo para mirar esto con un poco más de calma.
Hay una idea que pesa mucho en la crianza:
“Si no soy firme, se me va de las manos”.
Y a veces esa frase aprieta el pecho.
Porque por dentro no quieres ser duro…
pero tampoco quieres perder el rumbo.
A muchos adultos les enseñaron que firmeza era tensión
Quizá a ti también.
Firmeza como voz dura.
Como gesto serio.
Como imponer para que el otro pare.
Y claro… cuando intentas educar desde otro lugar, aparece la duda:
“¿Estoy siendo demasiado blando?”
“¿Me está tomando el pulso?”.
Déjame decirte algo con calma:
la firmeza que calma no necesita rigidez.
Tu hijo nota más de lo que dices
Cuando tu hijo se desborda, no está pendiente de tus palabras.
Está leyendo tu cuerpo.
Tu tono.
Tu postura.
Tu respiración.

Si por dentro estás tenso, aunque hables suave, eso llega.
Si por dentro estás presente, aunque hables poco, eso también llega.
La firmeza que calma no grita.
No amenaza.
No empuja.
Sostiene.
Firme no es frío
Este es uno de los grandes malentendidos.
Ser firme no es ser distante.
No es endurecer la mirada.
No es apagar la cercanía.
La firmeza que cuida se siente así:
“Estoy aquí”
“No me voy”
“Esto es difícil y lo vamos a atravesar juntos”.
Eso da seguridad.
Y la seguridad ordena más que cualquier castigo.
A veces la firmeza es no moverte
No añadir palabras.
No justificarte.
No explicar de más.
Simplemente quedarte.
Quedarte sosteniendo el límite con presencia.
Quedarte sin enfadarte con lo que tu hijo siente.
Quedarte sin pelearte con la escena.
Eso también es firmeza.
Aunque nadie te lo haya dicho.
No necesitas demostrar autoridad
Tu hijo no necesita que le demuestres nada.
Necesita sentir que hay alguien que puede sostener la situación sin romper el vínculo.
Cuando eso ocurre, el cuerpo se calma antes.
La emoción baja.
Y el límite empieza a tener sentido.
No porque se imponga.
Sino porque se siente seguro.
Y si un día no sale…
También está bien decirlo.
Habrá días en los que la firmeza se te escape por la garganta.
O por el gesto.
O por el cansancio.
Eso no borra todo lo demás.
Eso también forma parte del camino.
La firmeza que calma no es perfección.
Es intención.
Es presencia.
Es volver.
Y eso… tu hijo lo nota.
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